Alcohol: por qué seguimos brindando con un tóxico
Nadie tiene que justificarse por no fumar. Quien rechaza una copa, en cambio, suele tener que dar explicaciones: que si está de dieta, que si conduce, que si está enfermo, que si está embarazada. El alcohol es probablemente la única droga cuyo abandono genera más preguntas que su consumo.
Un tóxico que viaja por todo el cuerpo
El alcohol es una sustancia tóxica que, una vez ingerida, pasa al torrente sanguíneo y llega a prácticamente todos los órganos. Por eso se asocia a tantas patologías: hígado, corazón, sistema nervioso, aparato digestivo y también el cáncer. La charla en la que se basa este artículo habla de unos sesenta tipos de cáncer relacionados con su consumo, entre ellos el de mama. Las cifras concretas varían según la fuente, pero el vínculo está bien establecido: la Organización Mundial de la Salud clasifica el alcohol como carcinógeno de primer grupo, la misma categoría que el tabaco o el amianto.
Más allá de la salud individual
El daño no se queda en quien bebe. Se atribuye al alcohol hasta la mitad de las muertes en accidentes de tráfico, una cuarta parte de los accidentes laborales y un número enorme de episodios de violencia de género y de percances domésticos. Quienes se hacen daño bajo sus efectos son a menudo terceros: peatones, compañeros de trabajo, parejas, hijos.
Todo esto lo convertiría, según el planteamiento de la charla, en la segunda droga más letal del planeta. Y sin embargo es una de las más aceptadas socialmente.
¿De dónde viene tanta tolerancia?
La respuesta está en la historia. Cuando los seres humanos pasaron del nomadismo a la vida sedentaria y la agricultura, el agua de consumo se volvió un problema. Los asentamientos la contaminaban con facilidad, y las infecciones gastrointestinales mataban a mucha gente.
Las bebidas fermentadas, como la cerveza o el vino, ofrecían una alternativa más segura para hidratarse. Las comunidades que las consumían sobrevivían mejor, y el hábito se consolidó. No era una afición: era, en la práctica, una herramienta de supervivencia.
De la necesidad a lo sagrado
Una vez que una sustancia se vuelve esencial, las culturas tienden a sacralizarla. Así ocurrió con el alcohol:
- Mesopotamia y Egipto veneraron la cerveza y el vino en sus cultos.
- Grecia y Roma tuvieron deidades dedicadas a la vid, como Dioniso y Baco.
- Los pueblos celtas, mayas y asiáticos también desarrollaron divinidades y rituales propios. En el sintoísmo japonés, por ejemplo, el sake ocupa un lugar ceremonial.
El monoteísmo no rompió con esa herencia. El judaísmo y el cristianismo integraron el vino en sus textos y en sus ceremonias centrales. El islam fue la excepción: prohibió el alcohol, y la tradición lo relaciona con los problemas sociales que provocaba su consumo.
Una costumbre sin su razón de ser
Hoy el agua potable llega a casi todos los hogares de los países desarrollados, y la medicina ha demostrado con amplitud lo que el alcohol hace al organismo. La razón original para beberlo ha desaparecido, y los argumentos de salud han cambiado de bando.
Lo que mantiene el consumo son los mitos («una copa de vino al día es buena para el corazón») y la tradición («siempre se ha brindado así»). Son costumbres arraigadas, pero no resisten el conocimiento sanitario actual.
La decisión es individual
Cambiar la cultura del alcohol no depende de una prohibición, sino de decisiones personales. Cada persona puede preguntarse por qué bebe, qué le aporta realmente y qué le cuesta. Y quienes decidan dejarlo o reducirlo no deberían tener que dar explicaciones: la que debería justificarse es la costumbre, no quien la abandona.
Una nota sobre las cifras: varios datos de este texto, como los sesenta tipos de cáncer o la posición del alcohol entre las drogas más letales, proceden de la charla y no se han contrastado. Antes de publicar el artículo, conviene comprobarlos y citar fuentes como la OMS, la IARC o la DGT.
Resumen en audio de este artículo