La adicción rara vez empieza con una sustancia. Empieza con una pérdida que no encontró palabras, un dolor que no encontró testigos, un duelo que se quedó atascado en algún lugar del cuerpo. Entender esto cambia todo.
La pregunta que Gabor Maté lleva décadas haciendo
Gabor Maté lleva décadas repitiendo una frase que incomoda a quienes prefieren las explicaciones simples: "La pregunta no es por qué la adicción, sino por qué el dolor". Es una frase que parece obvia hasta que uno se sienta con alguien que lleva veinte años bebiendo y empieza a escuchar, de verdad, lo que hay debajo.
Lo que hay debajo, casi siempre, es un duelo.
No necesariamente la muerte de alguien, aunque con frecuencia también eso. Un duelo puede ser:
- La pérdida de una infancia que nunca fue segura.
- La pérdida de un padre que estaba físicamente presente, pero emocionalmente ausente.
- La pérdida de la propia identidad después de un abuso.
- La pérdida de un futuro que se imaginaba y que no llegó.
- La pérdida de la fe, que es una de las pérdidas más devastadoras y menos reconocidas clínicamente.
El duelo no elaborado no desaparece. Se instala. Y cuando no encuentra un cauce —palabras, rituales, comunidad, tiempo—, busca otro.
Lo que la neurobiología confirma
El sistema opioide endógeno —el mismo que regulan los opiáceos— está profundamente implicado en el procesamiento del dolor social. La pérdida de un vínculo activo en el cerebro genera circuitos similares a los del dolor físico. No es metáfora: es fisiología.
Y cuando ese dolor no se procesa, el organismo busca alivio donde puede encontrarlo. La sustancia, la conducta compulsiva, el trabajo sin límites, la hiperactividad constante: todo eso puede ser un duelo que no encontró su forma.
Lo que la teología sabe y la psicología olvida
Aquí es donde la teología tiene algo que decir que la psicología sola no puede ofrecer.
Todas las principales tradiciones religiosas tienen rituales de duelo. No porque sean supersticiosas, sino porque entendieron algo que la modernidad ha olvidado: el duelo necesita forma. Necesita tiempo marcado, gestos corporales, comunidad que atestigüe, palabras que nombren lo que se ha perdido.
El duelo sin ritual tiende a cronificarse. El duelo sin comunidad tiende a privatizarse hasta volverse insoportable.
La secularización ha vaciado muchos de esos rituales sin ofrecer sustitutos equivalentes. Y el resultado, entre otras cosas, es una epidemia de duelos no elaborados que buscan salida por donde pueden.
La pregunta decisiva en consulta
En mi práctica clínica, uno de los momentos más decisivos en el trabajo con personas con adicciones es cuando se abre la pregunta: ¿Qué has perdido? No, ¿cuándo empezaste a consumir? Ni ¿cuánto consumes?, sino ¿qué has perdido? Y luego, más arduo todavía: ¿Alguien estuvo contigo cuando lo perdiste?
La respuesta a esa segunda pregunta suele ser no. O un no disfrazado de un sí:
- "Sí, estaban, pero no podían con ello".
- "Sí, pero me dijeron que me repusiera".
- "Sí, pero en mi familia no se llora".
El duelo necesita testigos. Eso es lo que los rituales religiosos han sabido siempre: que el dolor privado que no encuentra comunidad se convierte en veneno.
Conclusión: abrir el duelo antes de cerrar el consumo
No basta con abordar el consumo. Hay que abrir el duelo. Y para abrirlo, hay que crear las condiciones en las que sea seguro hacerlo: un vínculo terapéutico sólido, un ritmo que no apresure y, con frecuencia, alguna forma de ritual que dé cuerpo a lo que las palabras no alcanzan.
He visto personas que llevaban décadas consumiendo dar un giro radical después de un proceso de duelo bien acompañado. No porque el duelo cure la adicción de manera mágica, sino porque cuando el dolor encuentra su cauce, la sustancia pierde parte de su función.
No toda. Pero parte. Y a veces, con eso es suficiente para empezar.