La pantalla como ídolo


La pantalla como ídolo

No es que usemos demasiado el móvil. Es que le hemos entregado lo que solo puede darse a algo que merezca recibirlo: nuestra atención, nuestra identidad, nuestra capacidad de estar presentes. Eso tiene un nombre antiguo.

Lo que los manuales diagnósticos no saben es dónde poner.

Hay una escena que se repite en las consultas de todo el mundo: una persona que mira el móvil antes de levantarse de la cama, durante las comidas, en los momentos de silencio, en los últimos segundos antes de dormir. Una persona que, cuando no tiene el dispositivo a mano, experimenta una inquietud que no es exactamente ansiedad, pero se le parece mucho.

El DSM-5 no tiene una categoría diagnóstica para esto. La CIE-11 incluye el trastorno por uso de videojuegos, pero deja fuera el uso problemático de redes sociales, que es donde la mayoría de los clínicos estamos viendo los casos más graves. La ciencia va por detrás de la realidad, como casi siempre.

Sin embargo, hay un marco conceptual que lleva siglos describiendo este fenómeno con una precisión que los manuales modernos no han igualado: la teología de la idolatría.

¿Qué es un ídolo, exactamente? Un ídolo, en el sentido bíblico y teológico, no es necesariamente una figura de madera o piedra. Es cualquier cosa a la que le entregamos lo que solo merece recibir lo absoluto: nuestra atención incondicional, nuestra identidad, nuestra capacidad de estar presentes, nuestra confianza última.

El ídolo no tiene que ser sobrenatural. Puede ser el trabajo, el dinero, la imagen pública o una pantalla de seis pulgadas que llevamos en el bolsillo. Lo que define al ídolo no es su naturaleza, sino la relación que establecemos con él.

Y la relación que muchas personas establecen con sus dispositivos digitales cumple todos los criterios:

  • La plataforma se convierte en el primer pensamiento de la mañana y el último de la noche.
  • La validación en forma de notificación regula la autoestima de manera más inmediata que cualquier relación humana.
  • La ausencia del dispositivo produce lo que los teólogos medievales llamaban acedia: esa tristeza sin objeto, esa incapacidad de estar donde uno está.

Ingeniería del deseo

Esto no es metáfora. Es descripción clínica con vocabulario teológico. Y los diseñadores de estas plataformas lo saben.

Tristan Harris, exdiseñador de Google, ha documentado con detalle cómo las interfaces están construidas para explotar exactamente los mismos mecanismos que hacen vulnerables a las personas con adicciones: refuerzo variable, bucles de anticipación, métricas de validación social. No es accidental. Es ingeniería del deseo.

Y el deseo no es un problema técnico. Es un problema espiritual.

La pregunta que hay que hacerse en consulta

La pregunta que me hago —y que creo que debería hacerse cualquier clínico que trabaje con uso problemático de tecnología— no es solo "¿cuántas horas pasa esta persona frente a la pantalla?". Es: ¿Qué está buscando ahí? ¿Qué necesidad legítima está intentando satisfacer con un medio que no puede satisfacerla?

La necesidad de ser visto. De pertenecer. De que lo que uno hace importe. De no estar solo con el propio silencio. Estas son necesidades profundamente humanas, y las plataformas digitales las explotan con una eficiencia que ningún traficante de sustancias ha logrado igualar.

Conclusión: más allá de "usa menos el móvil"

El tratamiento no puede ser solo "usa menos el móvil". Tiene que abordar lo que el móvil estaba tapando. Y eso, con frecuencia, requiere un trabajo que va más allá de la psicología conductual: requiere preguntarse qué merece realmente nuestra atención, nuestra presencia, nuestra entrega.

Esa es, en el fondo, la pregunta que la teología lleva haciendo desde siempre. Y es la pregunta que la adicción digital, paradójicamente, nos devuelve con urgencia renovada.


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