Relatos y testimonios

El eco de las palabras

María observaba su reflejo en el espejo del baño. Las ojeras marcaban su rostro con la historia de noches interminables y preocupaciones acumuladas. Trabajaba como psicóloga en una pequeña clínica de la ciudad, donde cada día enfrentaba la dura realidad de las adicciones.

Era lunes por la mañana y el café de la cocina ya estaba frío cuando María salió corriendo hacia el trabajo. Tenía una cita importante con Javier, un joven de diecisiete años cuya vida había sido marcada por la dependencia a las drogas desde los catorce.

Al llegar a la clínica, el reloj marcaba las ocho en punto. Javier ya estaba allí, esperando en la sala de recepción. Sus manos temblaban ligeramente y evitaba el contacto visual. María lo invitó a pasar a su despacho, un lugar cálido decorado con colores suaves y plantas que daban un toque de vida.

—Hola, Javier —dijo María con una sonrisa amable—. ¿Cómo te sientes hoy?

Javier se encogió de hombros, mirando al suelo.

—No lo sé... supongo que bien.

María asintió, reconociendo en su mirada el peso de la batalla interna que libraba cada día.

—¿Te gustaría hablar de cómo ha ido la semana?

Javier levantó la vista, con ojos llenos de un dolor indescriptible.

—He tenido días buenos y malos... pero más malos —admitió con voz quebrada.

María sabía que este camino no era fácil. La recuperación de una adicción nunca lo es. Pero también sabía que la clave estaba en la educación y el apoyo continuo. Decidió enfocarse en algo positivo.

—¿Qué hiciste en los días buenos?

Javier sonrió apenas, un destello de esperanza en su rostro.

—Fui a un taller de arte. Me ayudó a no pensar tanto en.… ya sabes.

—Eso es genial, Javier. El arte puede ser una excelente forma de canalizar tus emociones. ¿Qué pintaste?

Javier se enderezó un poco en la silla, mostrando más interés.

—Un paisaje... un lugar tranquilo, sin problemas. Me gusta pensar que puedo estar ahí algún día.

María sonrió. Sabía que ese taller de arte era parte de un programa comunitario de apoyo, uno de los tantos esfuerzos para educar en salud mental y ofrecer alternativas a los jóvenes en riesgo.

—¿Te gustaría ir más seguido? —preguntó María.

Javier asintió con más seguridad esta vez.

—Sí, creo que sí.

La sesión continuó, y María le habló sobre la importancia de las redes de apoyo y cómo cada pequeña victoria, como el taller de arte, era un paso crucial hacia su recuperación. Al final de la hora, Javier parecía más relajado y un poco más esperanzado.

Al despedirse, María le dio una pequeña libreta.

—Quiero que uses esto para dibujar o escribir cada vez que sientas la necesidad de hacerlo. No importa si lo que haces no es perfecto. Lo importante es que te ayude a liberar lo que sientes.

Javier tomó la libreta, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que alguien realmente creía en él.

María lo observó marcharse, con la firme convicción de que el camino sería largo, pero cada día, cada esfuerzo por educar y apoyar a estos jóvenes, valía la pena. Sabía que, aunque el eco de las palabras de aliento a veces parecía desvanecerse, siempre dejaban una huella, una semilla de esperanza en el corazón de aquellos que luchaban por una vida mejor.


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