El lado oscuro del llamado movimiento wellness aparece cuando una propuesta razonable de autocuidado se convierte en un sistema de creencias total, moralista y mercantilizado que genera culpa, ansiedad y exclusión. En lugar de promover salud integral, muchas veces termina reforzando narcisismo, perfeccionismo y nuevos tipos de adicción (al cuerpo, a la dieta, a la productividad, a la espiritualidad “premium”).โ
Del autocuidado a la autoexplotación
El wellness nace como búsqueda de mayor calidad de vida y prevención de la enfermedad, pero en su versión hegemónica se ha fusionado con la cultura del rendimiento y la productividad.โ
Bajo el discurso de “sé la mejor versión de ti mismo”, muchas personas viven sometidas a una autoexigencia constante en alimentación, ejercicio, gestión emocional y eficiencia que roza la autoexplotación.
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La salud deja de ser un bien relacional y comunitario para convertirse en un proyecto individualista de optimización permanente.โ
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El cuerpo se transforma en “proyecto infinito” que nunca está suficientemente tonificado, detoxificado o biohackeado, lo que alimenta insatisfacción crónica.โ
Moralización del cuerpo y culpabilización
Una de las caras más problemáticas del wellness es la moralización del cuerpo: estar delgado, flexible, “limpio” o fuerte se interpreta como signo de virtud, mientras que la enfermedad o el sobrepeso se leen como fracaso personal.โ
Se produce así un desplazamiento sutil: de la comprensión de la salud como fenómeno complejo (social, económico, genético, psicológico, espiritual) a una ética simplista del “si quieres, puedes”.
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Se culpabiliza a la persona enferma; si no se cura es porque “no se cuida lo suficiente”, “no piensa positivo” o “no vibra alto”.โ
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Esta lógica olvida condicionantes sociales (pobreza, precariedad, violencia, discriminación) y refuerza el estigma sobre quienes no encajan en el ideal sano, joven y productivo.โ
Mercado espiritual y pseudociencia
Otro aspecto oscuro del wellness es su alianza con industrias que, bajo lenguaje espiritual, venden soluciones simples a problemas complejos.โ
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Proliferan dietas milagro, terapias sin evidencia, suplementos caros, programas de coaching espiritual y retiros “transformadores” que prometen felicidad total.โ
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Muchos mensajes mezclan términos científicos (energía, vibración, neuroplasticidad, epigenética) con conceptos esotéricos, generando un discurso híbrido difícil de cuestionar para el público general.โ
Esta mercantilización convierte la sed espiritual y el sufrimiento psíquico en nichos de negocio: el dolor se explota como oportunidad de venta.
Nuevas adicciones y trastornos
En el marco del wellness aparecen conductas que, sin etiquetarse como adicciones, comparten muchas de sus dinámicas: pérdida de control, obsesión, deterioro de la vida cotidiana y negación del problema.โ
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Ortorexia: obsesión por la alimentación “perfectamente sana”, que puede derivar en aislamiento social, culpa extrema y riesgo nutricional.โ
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Vigorexia: dependencia del ejercicio y del gimnasio, con entrenamiento compulsivo y uso de sustancias para mejorar el cuerpo.โ
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Adicción a la autoayuda: consumo compulsivo de cursos, libros y talleres sin integrar cambios reales, buscando el subidón emocional inmediato.โ
Paradójicamente, una cultura que habla de equilibrio y bienestar puede terminar produciendo lo contrario: ansiedad, vergüenza, soledad y deterioro de la salud mental.
Hacia un wellness crítico y humanizador
Frente a este lado oscuro, es posible recuperar una visión más humilde, realista y humanizadora del cuidado.โ
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La salud como camino compartido, no como obligación individual de perfección; incluye fragilidad, límites, enfermedad y dependencia.โ
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El cuerpo como lugar de dignidad y relación, no como objeto de rendimiento; merece cuidado sin convertirse en ídolo ni en tirano.โ
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La espiritualidad como espacio de sentido y compasión, no como mercado de soluciones rápidas ni como sistema de culpabilización.โ
Un wellness verdaderamente humano no persigue “vidas perfectas”, sino acompañar con lucidez y ternura la condición vulnerable de la persona, integrando ciencia, ética, comunidad y trascendencia en lugar de confundir bienestar con obligación de felicidad permanente.
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